La fuerza del huracán

El huracán es un viento poderoso.

Su ojo alcanza lejanos objetivos.

Su fuerza es descomunal.

Su acometida es brutal y su rastro lleva a la calma.



domingo, 1 de julio de 2012

Tercer acto

Nuestro querido Raúl es una persona extraordinaria: es alegre, muy buena persona, es espléndido, bondadoso y generoso, trabajador, constante, tenaz, y un gran profesional. Sus sentimientos nobles le dotan de una inteligencia natural que le hace huir de la mezquindad y tener un profundo compromiso con lo que es justo. Además, tiene un gran sentido del humor y quiere a mucho a su familia y a sus amigos. Siempre está pendiente de los demás y hace lo imposible para ayudar a todos y procurarles la felicidad. Es un tipo feliz que reparte felicidad. Es alguien de quien me siento orgulloso y a quien admiro. Todos nos alegramos de que hoy Raúl cumpla su gran sueño: casarse con la persona a la que quiere, nuestra amiga Rocío. Rocío y Raúl han establecido desde hace algún tiempo una relación basada en el amor, en la amistad, en el respeto, en la complicidad y en la compenetración. Estos son los ingredientes necesarios para que dos personas que se quieren decidan formalizar su relación ante otras que consideran las más importantes en su vida. Todos los presentes os deseamos que seáis muy felices y que os vaya muy bien. Que el futuro os sonría y que en el viaje emprendido florezcan muchas rosas a lo largo del camino. Últimamente Rocío y Raúl han tomado muchas decisiones que han sido importantísimas y trascendentales en sus vidas: la penúltima decisión nos regaló a un primor llamado Martita, y su última resolución nos convoca hoy a todos para ser testigos de este enlace que viene a bendecir el hogar que ambos han creado con Antonio, Lucía y la recién llegada Marta. Un hogar de cinco miembros que afronta el futuro con unión, con mucho cariño y con toda la ilusión que se pueda tener. Pero esta no es la primera boda en la que Raúl tiene un protagonismo especial. No. Esta es la segunda ocasión en la que Raúl participa de forma activa en una boda. La primera vez fue hace muchos años: Mi amigo actuaba en la obra de teatro Bodas de Sangre, de Federico García Lorca, e interpretaba el papel de uno de los leñadores que salían al bosque a buscar a la novia de aquella boda, pues se había fugado durante la celebración con Leonardo, alguien con quien había mantenido una antigua relación y a quien no había podido olvidar. No fue hasta después de casi dos horas de función, en el tercer acto, cuando, por fin, apareció Raúl en escena disfrazado de leñador y diciendo unas palabras que yo aún recuerdo: “¿Los han encontrado?”. Dicho esto, Raúl desapareció del escenario y ya no volvió a aparecer en toda la obra. Una actuación estelar que permanecerá en los anales de la interpretación. Afortunadamente, en esta boda Raúl ha aparecido bastante antes. Por fin una cita a la que Raúl llega temprano, pues tiene la habilidad de llegar siempre tarde a sus citas. Por fin hoy, como en aquel día, llegamos al tercer acto. Te recuerdo juvenil en aquel escenario, buscando a los amantes huidos con la luna al acecho. Pero hoy es diferente, sois novios y amantes a la vez y no hay temor, no tendréis que salir al monte. Ha pasado el tiempo y han sucedido muchas cosas; los dos habéis regresado de vuestros respectivos bosques, la casualidad os hizo coincidir y vuestras voluntades y determinación os han unido libremente. En esta ocasión el novio bailará felizmente con la novia, orgulloso y colmado de dicha y satisfacción. Más tarde, cuando avance la noche y alcancemos el cuadro final, la luna iluminará el sendero y el hermoso jardín, para que en lugar de sangre corra el vino y la alegría; y tú, novio y amante, goces plenamente de estas bodas y conquistes con cada gesto a tu amor Rocío, escribiendo así las primeras líneas del destino que habéis soñado siempre. Después, finalizada la función, cuando los invitados nos hayamos marchado, cuando quedéis uno frente al otro mirándoos a los ojos, habrá que emplear a fondo el amor que hoy habéis querido certificar, el amor que os ha traído hasta aquí, el amor entre dos personas que se quieren, que se desean y que se respetan. Enhorabuena.

domingo, 18 de marzo de 2012

Bienvenida Martita

Tras muchos meses tapado, vuelvo a esta página para celebrar el nacimiento de Martita. Mi amigo Raúl es ahora el hombre más feliz del mundo porque un bichito, que es como él la llama, ha venido hace unos días al mundo para llenar de alegría y volver loco a mi amigo.

Muchas felicidades querido Raúl. Cuanto me alegro por ti.

lunes, 8 de agosto de 2011

Salto a Tavira desde la Punta del Moral


La Punta del Moral, al suroeste de la provincia de Huelva, es una pequeña península constituida por dos núcleos de población fundamentales: a un lado del caño de agua que separa a ambos se encuentra el emplazamiento más antiguo e histórico, formado por un barrio marinero de casas de pescadores que se asentaron a mediados del siglo XVIII en estas tierras procedentes de Cataluña y de Valencia, en el que destaca su hermoso y castizo muelle pesquero; al otro lado de la plateada ría, tras los pantalanes de un elegante puerto deportivo, una moderna zona turística, recientemente levantada, ofrece servicios de ocio, restauración y descanso a través de varios complejos hoteleros y urbanizaciones armoniosamente edificadas a lo largo de varios kilómetros de playa de arenas finas y doradas. Este maravilloso rincón del litoral onubense, complementado con un paisaje de dunas, esteros, salinas y marisma, situado a diez minutos de Ayamonte, y frente al mar de Isla Cristina, con la que está ahora más unida que nunca por una línea regular de ferrys, es el lugar que hemos elegido para pasar las vacaciones. Aquí hemos encontrado lo que veníamos buscando: tranquilidad, tiempo, descanso, buena comida, aguas transparentes y calmadas, paisajes de ensueño y un clima templado y agradable.

Don Manuel y Begoña vinieron a visitarnos la pasada semana. Fue entonces cuando, uno de esos días, aprovechamos la ocasión, dada la cercanía de este enclave con la frontera portuguesa, para cumplir uno de nuestros sueños: ir a Tavira; un deseo cuya satisfacción se había aplazado por un tiempo excesivo, más de veinte años. Queríamos ir a Tavira para comprender mejor, para conocer el escenario de todas aquellas historias protagonizadas por Felipe, Tato, Alberto, Esperanza, Pili, Alejandra... durante días y noches de ensueño en aquella isla, ya no tan hippie, de arena blanca y aguas transparentes que invitan a la evasión, al deleite, a la sonrisa permanente, a la amistad y, también, a vivir aventuras e idilios amorosos. Así que aquel día cogimos el barquito que une el continente portugués con la célebre islita y, por fin, después de tantos años, pudimos contemplar el maravillos escenario de las correrías y lances veraniegos, no tan lejanos, de nuestros amigos.


El día fue muy hermoso, tanto por los recuerdos de aquellas historias y leyendas que Don Manuel y yo no vivimos (por razones que se contarán en otra entrada), pero que sí escuchamos en su momento por boca de los actores principales, como por el estado de relajación y descanso que experimentamos con los baños, los paseos y las boliñas con que nos obsequiamos. Por su parte, Eva y Begoña quedaron impresionadas por la transparencia del mar y por los encantos naturales que aún conseva la isla, a pesar del fuerte impacto ambiental que la proliferación de servicios para bañistas y visitantes está ocasionando. El día transcurrió feliz. Sobre las nueve de la tarde-noche embarcamos en el ferry que nos devolvía a la península. De nuevo en tierra firme, regresamos en coche a la Punta del Moral. Un buen día que sirvió para despertar viejos recuerdos de historias ajenas aunque muy cercanas, historias y anécdotas que marcaron una época que no conviene olvidar, pues habrá que revivirlas en algún momento, en Cabo Polonio por ejemplo.

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lunes, 1 de agosto de 2011

Primark versus Selfridges

La ubicación de nuestro hotel (Cumberland Hotel) en Londres no podía ser mejor, pues Marble Arch conecta directamente con esa impresionante arteria comercial llamada Oxford Street y el resto de calles comerciales aledañas, donde no puede faltar ninguna firma o marca (del género que sea) que reclame protagonismo o que tenga vocación de liderazgo en el panorama mundial de los negocios.
Con independencia de Tower Bridge, el fascinante puente levadizo que une las dos orillas del Támesis, cuya original arquitectura y funcionamiento eclipsa al resto de puentes y pasarelas que cruzan el río, de los muchos sucesos gratificantes que tuvimos ocasión de vivir, observar y experimentar durante aquellos días tan especiales de Semana Santa británica, destacan las visitas que, con ánimo más fizgón y curiosón que consumista, realizamos a dos grandes almacenes que se levantan majestuosos en las aceras opuestas de esa sierpes a la inglesa que es Oxfor Street.
La verdad es que uno está acostumbrado a El corte Inglés, bien el de la plaza del Duque, bien el de Nervión, y quizá por eso seamos algo impresionables cuando penetramos en determinados establecimientos de la city y encontramos algunas variables diferentes, algunas líneas de actuación a las que no estamos habituados, a pesar del apellido anglosajón que tiene nuestra tienda más popular. Pero no contemporizaré más, así que al grano.


Por un lado, Primark, un local con una superficie extraordinaria, aunque cuente únicamente con una planta baja y otra principal. Allí, el cliente encontrará todas las prendas de vestir y los complementos básicos necesarios e imprescindibles para salir a la calle (a pasear, a trabajar, a hacer deporte, a pasar un día en el campo o en la playa, a celebrar cualquier tipo de fiesta, a un concierto de música, etc.) o para estar en casa (en el salón, en el dormitorio, en el cuarto de baño, en el jardín, en el trastero, en el balcón o terraza, etc.). La característica fundamental que define al producto que ofrece Primark es que se trata de un género de aceptable calidad (buena incluso en algunos artículos) a unos precios bajos al alcance de la mayor parte de la población londinense. Y como no podía ser de otra manera, allí, con nosotros dos, en los pasillos, entre las estanterías, en las escaleras mecánicas, estaba prácticamente, aquel día, toda la ciudadanía de aquella gran ciudad. Si don Manuel hubiera estado presente, habría declamado, como otras veces lo hizo, aquel popular estrivillo carnavalesco que dice "Cuanta gente joé, es el pueblo londinés". No cabía un alfiler en aquella manifestación multirracial y multicultural que se afanaba en comprar bragas, calzoncillos, pantalones, camisas, camisetas, cinturones, chalecos, polos, sudaderas, calcetines, trapos de cocina, trajes de chaqueta, vestidos de fiesta, toallas, sábanas, colchas, aletas de bucear, zapatos, zapatillas, gorros de lana,y un sin fin de productos que se amontonaban desordenada y caóticamente en los cajones, baldas y estanterías antes de ser agenciados por miles de chinos, hispanos, ingleses, americanos, judíos, árabes, eslavos, indios, indúes, polinésicos y, por supuesto, muchos españoles, que también los había por las calles, plazas y avenidas de Londres, o London, pronunciado con los fonemas /ae/ y /ä/, tal y como aconseja el gran Richard Vaughan, autoridad docente de la enseñanza de la lengua inglesa y preceptor cuyos axiomas, "verdades como puños", son transferibles a muchos ámbitos del vivir que no tienen nada que ver con las teorías del aprendizaje de ningún idioma. Pero volviendo a lo que nos ocupa, aquel día estaba yo allí, con Eva, entre millones de prendas de vestir a low cost, muy apretado y comprimido por miles de personas, oliendo a humanidad, dentro de un mundo caleidoscópico sin buscar nada en especial, dejándome arrastrar por la riada humana que avanzaba con paso lento pero firme hacia las siguientes secciones comerciales y perplejo por la insignificancia que nuestra existencia acababa de cobrar en aquel momento, ya que experimentabámos la sensación de ser dos de las infinitas partículas de un gigante animal cuyo cuerpo deforme se adaptaba a las formas geométricas del establecimiento y cuyo comportamiento obedecía a leyes y dictados supueriores ajenos a las voluntades particulares de quienes lo componíamos. "Simples objetos manipulados por el capitalismo despiadado", podría interpretar nuestro querido Felipe. Sin embargo, otras sensaciones y sentimientos, más alentadores, me sobrevinieron. En efecto, en el otro extremo de mis pensamientos, llegué a la conclusión de que miles de personas, procedentes de todos los rincones del planeta, podían adquirir, por un precio más que económico, prendas de vestir y complementos del hogar que estaban bastante bien. Asistíamos, como diría don Manuel, a una demostración en directo y a lo bestia de la denominada "democracia del vestir". Ropa para todos a buen precio: entre y llévese algo.


Doscientos metros más arriba, en la otra acera, se alzaba, se alza imponente y magestuoso, desdes 1909, Selfridge, el descomunal gran almacén que ofrece una exclusiva gama de productos para una clientela internacional aunque selecta, es decir, para gentes con posibles. Tras su fachada de corte clásico, una vez que atravesamos la gigantesca puerta principal giratoria que da acceso a su interior, encontramos cinco o seis plantas, decoradas con buen gusto con cristal, metales y maderas nobles, en torno a las cuales se organizan de manera ordenada y espaciosa las diferentes secciones de la tienda: belleza, complementos, accesorios, moda-hombre, moda-mujer, hogar, niños, alimentación, electrodomésticos, electrónica, etc. Miles de artículos bien presentados y ordenados en elgantes estanterías, coquetos percheros y sencillos anaqueles, distantes unos de otros, que permiten al cliente circular cómodamente por amplios pasillos y, así,observar y distinguir con cierta precisión cada uno de los enseres puestos a la venta. Estábamos pues dentro de un local distinguido, donde se pueden adquirir productos de todo tipo de gran calidad a precios elevados. Evidentemente, este tipo de mercancía estaba dirigida a una clientela de alto poder adquisitivo, lo cual explicaba el hecho de que entre las paredes de este singular imperio circularan pocas personas. Selfridge es una tienda de tiendas, en la que las mejores firmas del mundo arriendan sus correspondientes espacios para tranformarlos con sus respectivos estilos y sellos característicos. En algunas de aquellas tiendas era necesario pulsar un timbre para que un portero uniformado con librea te permitiera el acceso a los tesoros de incalculable valor que se custodiaban en ellas. En definitiva, un gran comercio de objetos, prendas, esencias... de primeras y reputadas marcas destinadas a un escogido público minoritario pero con mayor hacienda.
Un mundo en cada acera de Oxford Street. Primark frente a Selfridge. Dos maneras de entender el comercio de mercancías de uso cotidiano que simbolizan, respectivamente, dos de la tres realidades más obvias y evidentes del planeta: la clase privilegiada, por un lado, la gran masa integrada en una dimensión global, por otro. Al margen, en ningún lado de aquellas fascinantes y transitadas aceras, quedan los excluidos, los marginados, los pobres del tercer mundo, los que no tienen centro comercial que los reclame y para los que no se han planificado estrategias de marqueting a las que responder u ofertas a las que poder reaccionar con una esperanzadora aunque tímida demanda. Supongo que también habrá excluidos en Londres. Yo, como turista accidental, no los vi, pero pude intuir su presencia mientras me dedicaba a las turbadoras sensaciones de las amargas y extraordinarias cervezas rojas tipo ale.

lunes, 2 de mayo de 2011

De pata negra


Hace unas semanas, nuestros amigos Jose y Rocío nos invitaron a unos cuantos a cenar en su casa. Fuimos varios los que acudimos: el señor Mendoza y Laura, Don Manuel y Begoña, el señor Tato, el señor Felipe, y yo con Eva. El motivo de tal encuentro no era otro que degustar, junto a otras ricas viandas, las sabrosas lonchas de un espléndido jamón de pata negra procedente de algún hermoso guarrillo ibérico de casi dos arrobas (20 kg aproximadamente) criado en la explotación ganadera que Jose y su familia regentan en su finca de Paymogo, Huelva.
El jamón resultó excelente, tanto por su sabor como por el grado de curación. El resto de la cena, bien regada con cerveza y excelente vino, también fue disfrutada placenteramente. "Todo buenísimo", le dijimos a los anfitriones.
Por razones que no vienen al caso, yo tuve que marcharme pronto, lo que hizo, según los testimonios del día siguiente, que me perdiera uno de los momentos cumbres de aquella velada, que llegó después de la cena: el relato de la estancia, durante no sé qué verano, del señor Felipe, contada por él mismo, en la playa de Fuseta (Portugal). Al parecer y sin entrar en detalles, el relato alcanzó momentos de gran intensidad narrativa, como no cabía esperar de otra manera de aquel que en su día fue descrito por Don José Menayo como un "chico excepcional de gracia natural, nada artificial". Una historia sin igual más del señor Felipe que, como dicta el mandamiento, santificó la espléndia mesa alrededor de la cual brotó, como tantas y tantas noches, la magia y el calor de la amistad, de unos sentimientos de pata negra que se renuevan con el discurrir de los tiempos y que no se olvidan, pues han calado en lo más hondo de nuestro mapa genético y, conviene recordarlo, que permanecerán, si nada lo impide, durante el sueño de la noche eterna.

sábado, 19 de febrero de 2011

La tinta del calamar


A mi agitado corazón de los últimos tiempos le venía bien una escapada en busca de espacios más abiertos, una excursión para encontrar aire, luz y mar. El día invitaba a ello, así que, tras telefonear a Don Manuel, en menos de una hora circulábamos por la autopista del sur camino de San Fernando.

Dos sucios calamares, con mucha tinta, unas deliciosas ortiguillas, puro bocado de mar, y unas patatas aliñadas al estilo de la tierra, además de varias cervezas bien frescas, conformaron la cuenta de 29 euros que abonamos gustosamente antes de abandonar la azotea de aquella destartalada taberna de pescadores situada en un ricón de la bahía de Cádiz a la feliz hora en la que los peces sentían la morriña previa a la siesta, los barcos y barcazas permanecían amarrados y la mar estaba tranquila, quieta y callada. Al fondo las poblaciones que flanquean la bahía, de color celeste turbio, todas también en silencio.

Desde allí, con la tinta del calamar desparramada sobre mi chaleco debido a una accidental salpicadura al reventar con el tenedor la bolsa contenedora, continuamos hacia el oeste y, dejando atrás Chiclana, nos dirigimos a Sancti Petri, hacia su coqueto puerto deportivo. En este enclave, frente a la desembocadora del Caño de Sancti Petri, que nunca llegó a río y se quedó en corriente, avistamos el islote que da nombre a todo el conjunto. El castillo levantado aquí es una fortaleza del siglo XVIII que está siendo rehabilitado en la actualidad.

Unos metros más allá, tras el puerto y la pequeña ría, comienza una playa interminable de aguas azules y verdes, de espumosas olas, de arenas blancas y de orillas plateadas. Habíamos venido a ver este espectáculo y eso es lo que hicimos: contemplarlo. Aquí me ahorraré dar más detalle y extenderme en la descripción del paisaje maravilloso. Los pulmones de llenaron de aire puro y salado, la temperatura, perfecta.

A partir de aquí nos dedicamos a trazar el mapa geográfico y urbanístico de la costa hasta Conil de la Frontera. Tres tramos recorrimos, tres paradas realizamos: la primera en el núcleo más poblado de Sancti Petri, con apartamentos, restaurantes, bares, comercios y otros servicios bien dispuestos a escasos metros del mar. Una playa familiar, aunque algo estrecha, y un agradable paseo marítimo nos invitaron a sentarnos en una cafetería plagada de jóvenes con gafas de sol. Dos cáfés y una caipiriña, esta para Don Manuel, la vista del mar y un sol radiante mientras hacíamos la digestión.


De nuevo en el coche, por la travesía interna, observamos como los apartamentos y urbanizaciones iban ganando en calidad y sofisticación a medida que avanzábamos. La playa abandonaba paulatinamente su aspecto convencional para adquirir una morfología más agreste. Esta transformación se acentuó conforme discurríamos por Novo Sancti Petri, lugar de nuestra segunda parada. Aquí el paisaje costero se muestra más salvaje y natural, menos intoxicado por la agresión urbanística; sin embargo, a pocos metros, en el interior, se levantan lujosos hoteles pertenecientes a grandes cadenas hoteleras y extraordinarias urbanizaciones de apartamentos y chalés alrededor de campos de golf para goce y disfrute de gentes de gran poder adquisitivo. Curiosa entormo este de playa virgen bajo cortados y acantilados desde los que se asoman cientos de glamurosas viviendas rodeada de pinos.


El último tramo que dibujamos lo hicimos por el perímetro de Cabo Roche, todo un clásico. Calles más o menos homogéneas que recorren filas de chalés más o menos homogéneos en los que predomina el color blanco, aunque algo descolorido por el paso de los años. Lo mejor de este punto son las pequeñas calas con paredes escarpadas y las playas de fina arena y enormes rocas. En el extremo oriental de Cabo Roche alumbra desde hace mucho tiempo el faro de Conil, tercera parada, alzado en un mirador desde donde pudimos ver el puerto de Conil y el litoral que precede a esta población. Un bello espectáculo en el que destaca la inmesidad del agua del mar, la masa de agua, el océano inmenso.


Desde el faro hasta Conil, fueron sólo diez minutos. No entramos en el centro ni bajamos al paseo, pero resulta reconfortante saludar, aunque sea de paso, a esta maravillosa ciudad en la que hemos sido tan felices y que solemos visitar cada primavera, cada verano. Por la ronda de circunvalación atravesamos el extrarrado conileño y salimos del pueblo. Cinco minutos más tarde estábamos entrando en la autopista de vuelta Sevilla. Hora y media después, cada uno estaba en su casa.

Aquel fue un buen día. Una estupenda escapada de la cotidianidad. No hubo sobresaltos, no hubo imprevistos, ninguna sorpresa, pero sí hubo sol, mar y luz, buena comida y serena tranquilidad. Bendita mancha de tinta, la tinta del calamar.

sábado, 5 de febrero de 2011

Cosas que hacer en Cabo Polonio


A pesar de no haber estado nunca en Cabo Polonio, a través de la red nos llegan noticias de las alternativas que ofrece la zona a los afortunados que tienen la suerte de desembarcar sus bártulos en aquellas cotas. A continuación se exponen algunos de los atractivos de este edén del mar del Uruguay:

Disfrutar de un buen asado, con jugosas y deliciosas carnes, chorizos y otros elementos cárnicos cocidos a las brazas en hornos parrilleros de leña.

Frente a la costa de Cabo Polonio, emergen tres pequeñas islas conocidas como Islas de Torres. Desde el continente no resulta difícil observar los lobos marinos que habitan en ellas.

Hacer excursiones a caballo por diferentes rutas para contemplar los distintos parajes naturales que conforman el cabo.

Visitar Aguas Dulces, balneario de pequeños ranchos, casas y cabañas ubicadas en una playa de finísimas arenas que se prolonga hasta donde se pierde la vista. Siguiendo la orilla del mar se divisan numerosos naufragios ocurridos en la zona.

Recorrer y descubrir los espléndidos ejemplares centenarios de los bosques de Ombúes próximos, además de otras especies de la flora y de la fauna de estos ecosistemas singulares en los que observaremos, entre otros, garzas blancas, cuervillos, cisnes de cuello negro y carpinchos.

Bañarnos en las maravillosas playas de La Paloma, situadas en el Cabo de Santa María con más de 20 Km de extensión.

Pasar uno o varios días en la Pedrera, donde podremos leer un buen libro, escuchar jazz en el Club Social, tomar una cerveza en un bar, sentarnos en la Rambla a mirar el mar, comer pescado y mariscos frescos, o cordero, hacer surf, disfrazarnos y desfilar en Carnaval, pescar, caminar horas por una playa oceánica casi desierta, ver ballenas... y llenarnos los ojos de mucho azul y mucho verde. En este pueblecito atlántico, el tiempo transcurre lentamente por lo que de nada sirve llevar reloj.

Dejarnos impresionar por el paisaje agreste y las espectaculares playas de Punta del Diablo. Aquí las vista del mar dejarán una imagen inolvidable en nuestras retinas.

Conocer todo sobre las tortugas marinas y de agua dulce que habitan en el país, visitando el Centro de Tortugas Marinas del Uruguay.

Disfrutar a cualquier hora del refrescante sabor de alguna de las mejores cervezas del Uruguay, ya sean las artesanales Davok o Mastra, tipo Pale Ale y Ale respectivamente, o bien las tipo Pilsener Norteña, Patricia o Zillertal.

Dejarse llevar por los ritmos y los sones de los tambores y de otros instrumentos musicales mientras, sentados en la arena suave, nos echamos al coleto varios tragos de mojito, caipiriña, margarita, cubalibre...

Todos estos alicientes y muchos otros, que merecen capítulo especial, nos ofrece el cabo. Seguimos soñando. Las mochilas están preparadas para llegar algún día a Cabo Polonio.

De momento, podemos ir planificando nuestra estancia informándonos del alojamiento. En la siguiente página web encontramos diversa y buena oferta para reservar con tiempo:

http://www.cabopolonio.com/restaurantesx.htm